8. La brigada de Dancus.
Cecilia, con lágrimas en los ojos, se echó a los brazos de Hans en cuanto levantó la vista y reconoció a su amigo.
- Lo siento –dijo agachando la vista–. Fue culpa mía. Olvidé desconectar mi casco y el de Derek.
Hans se sobresaltó un poco por lo que la chica había dicho. Ahora lo entendía mejor, por eso no habían aparecido los cuatro en el mismo punto. El aumento en el número de viajeros hizo que sus materializaciones se dispersaran. Esto le suponía un nuevo problema, ¿estarían los demás en aquella ciudad?
- Tranquila –dijo por fin–. Encontraremos a los demás. Vamos.
Se puso en pie y le extendió su mano a la chica, que asintió y la tomó para que la ayudara a incorporarse. Ambos se sonrieron y miraron a su alrededor. Unos diez hombre vestidos con largas túnicas negras y elegantes sombreros de gran ala estaban rodeándolos, portando en sus manos unos floretes desenvainados que apuntaban hacia ellos. Más allá, la gente de la ciudad observaba atenta el espectáculo, esperando que algo interesante aconteciera. Pasaron varios minutos, todo estaba muy tranquilo, pero de pronto se escuchó un murmullo general a espaldas de los dos jóvenes, que se giraron para ver qué ocurría. Dos de los hombres se separaron y otro apareció entre ellos, adelantándose.
Vestía ligeramente distinto a los demás. Su túnica no era negra como la de todos los demás, tenía un color azul marino muy brillante y los bordes, el cuello y las muñecas eran blancas. Además, no llevaba puesto ningún sombrero, sino que dejaba caer una melena plateada que le cubría los hombros. Tampoco llevaba un florete como sus compañeros, ni ningún arma, al menos a simple vista. Iba desarmado y se acercaba a los jóvenes con una sonrisa y una mirada amigable y serena.
- Jovencita –dijo, señalando a Cecilia–. Mis hombres dicen que te vieron subida en la Roca Sagrada –hizo una breve pausa– y que cuando te pidieron que bajases los agrediste, tras lo cuál te diste a la fuga, creando el caos y la confusión en las calles de nuestra preciosa ciudad de Dancus.
Hans giró la cabeza hacia Cecilia, con una mirada que era mezcla de incredulidad y de miedo. Realmente aquella jovencita era capaz de crear el caos allá donde fuera.
- Puedo explicarlo –dijo ella, avergonzada–. Todo ha sido un lamentable accidente. Yo . . .
- No te preocupes –dijo el hombre interrumpiéndola–. Sabemos que eres una forastera y al fin y al cabo los daños que has causado casi no tienen importancia. Mis hombres suelen ser bastante exagerados y tú a fin de cuentas no eres más que una niña. Dudo que eso de la “agresión” sea muy cierto –dijo lanzando una mirada fulminante a todos y cada uno de sus hombres.
De repente, la mirada del hombre se posó en Hans, que estaba de pie junto a ella. Los ojos azules de aquel hombre se alinearon totalmente con los negros de Hans y el silencio reinó durante unos instantes que parecieron varias eternidades.
- ¿Y tú? –dijo por fin.
- ¿Yo?
- Sí. Ya conocías a esta chica, ¿verdad?
Ambos se miraron y Hans respondió.
- Así es, señor. Veníamos juntos hacia esta ciudad, pero hace un par de días nos separamos –improvisó.
- Sí, en realidad somos seis, estaba buscando a mis amigos y pensé que desde lo alto de aquella roca podría verlos mejor –dijo Cecilia, siguiéndole el juego a Hans y evitando mirar fijamente los ojos de aquel hombre.
De entre la multitud, una figura avanzó, por el hueco que aquellos dos guardias habían dejado a aquel hombre, que parecía ser su jefe. Se cruzó entre los dos chicos y él y los miró con una sonrisa.
- ¡Andrew! –gritó Cecilia echándose a sus brazos–. Eres tú, qué alegría de verte.
- Yo también me alegro de ver que estáis bien, chicos. Yo soy el responsable de nuestro grupo –dijo Andrew volviéndose hacia el hombre y adoptando su papel como el mayor de todos.
El hombre sonrió e hizo una señal con los dedos. La mayoría de sus hombres se dispersaron al instante, excepto dos de ellos, que se pusieron a su lado, listo para escoltarlo a donde quiera que fuese.
- Me alegro de que os hayáis reunido. Yo tengo que retirarme a mis ocupaciones como jefe de la brigada y persona al cargo de la seguridad de la ciudad. Si encontráis a vuestros amigos, os deseo suerte en vuestro camino; si no, venid y os ayudaremos a encontrarlos.
Dio media vuelta y comenzó a andar, pero a los pocos pasos se detuvo y dijo en voz alta:
- Para encontrarme sólo tenéis que ir al extremo norte de la ciudad, allí está el cuartel de la brigada. Id allí y preguntad por Lianzer - y se fue, escoltado por sus dos guardias.
Al ver que la emoción había pasado, la gente comenzó a disolverse y cada uno tomó su camino. Sólo quedaron en aquel rincón de la plaza los tres amigos, aunque no estuvieron solos mucho tiempo, pues tres figuras más se les unieron en seguida: Derek, Angela y Michelle.
Los seis amigos se saludaron y abrazaron eufóricos. Obviamente se alegraban mucho de haberse encontrado de nuevo todos, a ninguno le hacía gracia permanecer sólo y a su suerte en aquel mundo extraño. Sólo Angela se mostró un poco más distante y fría, aunque era normal, siempre era así con todo el mundo, aunque con ellos era mucho más “cariñosa” que con la gente en general.
- Bueno –comenzó diciendo Cecilia–. ¿Cuál es el plan ahora, Hans?
- Estamos atrapados –intervino Andrew–. Sólo tenemos una forma de salir de aquí.
Todo el grupo asintió. Todos, excepto Cecilia que no entendía a qué se refería.
- Andrew, ¿de qué hablas?
Todos se miraron entre sí y luego miraron a Hans, agradeciéndole la idea de la “válvula de escape”. Nadie habló, pero Hans finalmente dijo la palabra en la que todos pensaban y Cecilia esperaba oír:
- Alterians.
Cecilia, con lágrimas en los ojos, se echó a los brazos de Hans en cuanto levantó la vista y reconoció a su amigo.
- Lo siento –dijo agachando la vista–. Fue culpa mía. Olvidé desconectar mi casco y el de Derek.
Hans se sobresaltó un poco por lo que la chica había dicho. Ahora lo entendía mejor, por eso no habían aparecido los cuatro en el mismo punto. El aumento en el número de viajeros hizo que sus materializaciones se dispersaran. Esto le suponía un nuevo problema, ¿estarían los demás en aquella ciudad?
- Tranquila –dijo por fin–. Encontraremos a los demás. Vamos.
Se puso en pie y le extendió su mano a la chica, que asintió y la tomó para que la ayudara a incorporarse. Ambos se sonrieron y miraron a su alrededor. Unos diez hombre vestidos con largas túnicas negras y elegantes sombreros de gran ala estaban rodeándolos, portando en sus manos unos floretes desenvainados que apuntaban hacia ellos. Más allá, la gente de la ciudad observaba atenta el espectáculo, esperando que algo interesante aconteciera. Pasaron varios minutos, todo estaba muy tranquilo, pero de pronto se escuchó un murmullo general a espaldas de los dos jóvenes, que se giraron para ver qué ocurría. Dos de los hombres se separaron y otro apareció entre ellos, adelantándose.
Vestía ligeramente distinto a los demás. Su túnica no era negra como la de todos los demás, tenía un color azul marino muy brillante y los bordes, el cuello y las muñecas eran blancas. Además, no llevaba puesto ningún sombrero, sino que dejaba caer una melena plateada que le cubría los hombros. Tampoco llevaba un florete como sus compañeros, ni ningún arma, al menos a simple vista. Iba desarmado y se acercaba a los jóvenes con una sonrisa y una mirada amigable y serena.
- Jovencita –dijo, señalando a Cecilia–. Mis hombres dicen que te vieron subida en la Roca Sagrada –hizo una breve pausa– y que cuando te pidieron que bajases los agrediste, tras lo cuál te diste a la fuga, creando el caos y la confusión en las calles de nuestra preciosa ciudad de Dancus.
Hans giró la cabeza hacia Cecilia, con una mirada que era mezcla de incredulidad y de miedo. Realmente aquella jovencita era capaz de crear el caos allá donde fuera.
- Puedo explicarlo –dijo ella, avergonzada–. Todo ha sido un lamentable accidente. Yo . . .
- No te preocupes –dijo el hombre interrumpiéndola–. Sabemos que eres una forastera y al fin y al cabo los daños que has causado casi no tienen importancia. Mis hombres suelen ser bastante exagerados y tú a fin de cuentas no eres más que una niña. Dudo que eso de la “agresión” sea muy cierto –dijo lanzando una mirada fulminante a todos y cada uno de sus hombres.
De repente, la mirada del hombre se posó en Hans, que estaba de pie junto a ella. Los ojos azules de aquel hombre se alinearon totalmente con los negros de Hans y el silencio reinó durante unos instantes que parecieron varias eternidades.
- ¿Y tú? –dijo por fin.
- ¿Yo?
- Sí. Ya conocías a esta chica, ¿verdad?
Ambos se miraron y Hans respondió.
- Así es, señor. Veníamos juntos hacia esta ciudad, pero hace un par de días nos separamos –improvisó.
- Sí, en realidad somos seis, estaba buscando a mis amigos y pensé que desde lo alto de aquella roca podría verlos mejor –dijo Cecilia, siguiéndole el juego a Hans y evitando mirar fijamente los ojos de aquel hombre.
De entre la multitud, una figura avanzó, por el hueco que aquellos dos guardias habían dejado a aquel hombre, que parecía ser su jefe. Se cruzó entre los dos chicos y él y los miró con una sonrisa.
- ¡Andrew! –gritó Cecilia echándose a sus brazos–. Eres tú, qué alegría de verte.
- Yo también me alegro de ver que estáis bien, chicos. Yo soy el responsable de nuestro grupo –dijo Andrew volviéndose hacia el hombre y adoptando su papel como el mayor de todos.
El hombre sonrió e hizo una señal con los dedos. La mayoría de sus hombres se dispersaron al instante, excepto dos de ellos, que se pusieron a su lado, listo para escoltarlo a donde quiera que fuese.
- Me alegro de que os hayáis reunido. Yo tengo que retirarme a mis ocupaciones como jefe de la brigada y persona al cargo de la seguridad de la ciudad. Si encontráis a vuestros amigos, os deseo suerte en vuestro camino; si no, venid y os ayudaremos a encontrarlos.
Dio media vuelta y comenzó a andar, pero a los pocos pasos se detuvo y dijo en voz alta:
- Para encontrarme sólo tenéis que ir al extremo norte de la ciudad, allí está el cuartel de la brigada. Id allí y preguntad por Lianzer - y se fue, escoltado por sus dos guardias.
Al ver que la emoción había pasado, la gente comenzó a disolverse y cada uno tomó su camino. Sólo quedaron en aquel rincón de la plaza los tres amigos, aunque no estuvieron solos mucho tiempo, pues tres figuras más se les unieron en seguida: Derek, Angela y Michelle.
Los seis amigos se saludaron y abrazaron eufóricos. Obviamente se alegraban mucho de haberse encontrado de nuevo todos, a ninguno le hacía gracia permanecer sólo y a su suerte en aquel mundo extraño. Sólo Angela se mostró un poco más distante y fría, aunque era normal, siempre era así con todo el mundo, aunque con ellos era mucho más “cariñosa” que con la gente en general.
- Bueno –comenzó diciendo Cecilia–. ¿Cuál es el plan ahora, Hans?
- Estamos atrapados –intervino Andrew–. Sólo tenemos una forma de salir de aquí.
Todo el grupo asintió. Todos, excepto Cecilia que no entendía a qué se refería.
- Andrew, ¿de qué hablas?
Todos se miraron entre sí y luego miraron a Hans, agradeciéndole la idea de la “válvula de escape”. Nadie habló, pero Hans finalmente dijo la palabra en la que todos pensaban y Cecilia esperaba oír:
- Alterians.
