6. Despistada.
- ¿Vendrá? –dijo la chica rubia de largos cabellos.
- Seguro que sí. Ten paciencia, Michelle –le respondió el chico moreno de ojos negros que se encontraba a su lado.
- Pues yo no sé. Además, es más joven que todos nosotros. No entiendo por qué una enana va a entrar en nuestro proyecto –respondió la chica corpulenta mientras apuraba un refresco.
- Andrew dijo que era una buena chica –dijo el otro chico moreno, mientras jugaba con una pelota de tenis y se la iba pasando de mano.
- Mirad –dijo Michelle mientras se levantaba–, allí vienen.
Por el final de la calle se veía venir a un chaval rubio vestido de cuero con el cuello alzado y a una pequeña pelirroja que iba a su lado con sus dos coletas y su mochila de clase. Cuando se acercaron, todos se dispusieron a conocer a la sexta integrante de su grupo.
- Habéis tardado un poco, ¿eh, Andrew?
- Lo siento, Hans. El conservatorio es así, a veces sales antes y a veces no –dijo Andrew llevándose una mano a la cabeza y riéndose–. Por cierto, antes de que me olvide; esta, chicos, es Cecilia.
Cuando abrió los ojos supo enseguida qué había pasado: había vuelto a olvidarse de lo primero que le habían dicho. Recordaba perfectamente que le habían dicho, justo en el momento en que Andrew y Michelle entraron en sus cápsulas, que debía desconectar los cascos de seguimiento, para que no cayeran todos dentro sin darse cuenta. Pensó en desactivar el interruptor cuando estuvieran los cuatro dentro, antes haría otra cosa. Pero se había olvidado, como siempre.
Desde el primer día en que la conocieron, no pararon de pensar que era una carga y demasiado cría para participar en aquello; todos menos Hans. Andrew confió en ella al principio, pero se acabó arrepintiendo. Se llevaban bien, pero ella no demostró merecer la confianza que había puesto en ella al presentarle a los demás. Sin embargo, Hans siempre fue estupendo con ella; siempre la sonreía, y no sólo eso, sino que además la animaba y la apoyaba cuando cometía un error y los demás se metían con ella por eso. Hans era distinto a los demás . . . él era especial para ella.
Se levantó en lo alto de una piedra enorme y perfectamente cúbica. Parecía estar hecha de algún tipo de mineral muy especial, se le notaba en el brillo que desprendía. Lástima que fuera Hans el que diseñó todos los objetos y no ella, así podría haber reconocido aquello. Pero ella conocía los planos. En cuanto supiera dónde estaba sabría llegar a cualquier lugar como si fuera cruzar la calle.
Se asomó al borde de la piedra para ver a qué altura se encontraba. Eran unos tres metros, pero las alturas no le daban miedo, así que se sentó en el borde y se dispuso a saltar, cuando alguien le habló.
- Usted, señorita.
- ¿Yo? –dijo la chica pelirroja mirando en todas direcciones. Finalmente, vio a su izquierda, en el suelo, a quien le hablaba: un hombre adulto bastante corpulento vestido con una túnica negra, un sombrero muy grande y una de esas cosas que ella llamaba “cuchillos largos”.
- Sí, usted –dijo el hombre–. ¿Qué cree que está haciendo?
- Yo . . . ¿qué?
Al acercarse más, el hombre pudo verla mejor. Aquella chica era toda una extraña en aquel lugar con sus botas altas de tacón, su ropa oscura y esos extraños, para aquel hombre, adornos metálicos que llevaba en las muñecas y en el cuello. Realmente, su apariencia era extremadamente sospechosa.
- Me veo obligado a pedirle que baje ahora mismo de ahí, señorita –dijo el hombre mientras acercaba la mano a la empuñadura de su florete.
- Ya va, ya va –dijo la chica dándose la vuelta y preparándose para bajar cuando, en el último momento, resbaló y calló de culo sobre el hombre.
Otros dos compañeros suyos que se encontraban cerca, sobresaltados, empezaron a correr hacia ella y a hacer sonar una especie de silbatos que llevaban colgados del cuello, a lo que respondieron otros siete más que fueron hacia donde se encontraban ella, la piedra y el tipo al que acababa de derribar.
En su cabeza comenzaron a cruzarse palabras, estrellándose unas con otras, hasta que finalmente una sobresalió de entre las demás: “Corre”; así que le hizo caso, se levantó a toda prisa y echó a correr como alma que lleva el diablo.
Corrió y corrió por todas las calles de la ciudad mientras los diez hombres de las túnicas la perseguían. Fue esquivando a la gente como buenamente pudo, empujó sin querer a algunas personas, incluyendo a un chaval que debía ser poco mayor que ella y que calló al suelo. En otro tipo de circunstancias habría intentado ayudarle, pero si se paraba no sabía lo que le podría ocurrir, así que siguió hacia delante y entró en una gran plaza, lo que debía ser el centro de aquella ciudad. Mientras seguía corriendo giró un segundo la cabeza para ver a qué distancia quedaban sus perseguidores. En ese instante, notó un fuerte impacto y el suelo dejó de estar a sus pies, que salieron disparados hacia el aire y, por segunda vez en ese día, cayó al suelo de culo. Volvió a mirar al frente para ver la figura de un chico moreno de ojos negros. Al verse, los dos se reconocieron y exclamaron a la vez:
- ¡Tú!
En ese momento, los diez hombres que la perseguían aprovecharon para rodear a los dos jóvenes en el centro de aquella plaza.
- ¿Vendrá? –dijo la chica rubia de largos cabellos.
- Seguro que sí. Ten paciencia, Michelle –le respondió el chico moreno de ojos negros que se encontraba a su lado.
- Pues yo no sé. Además, es más joven que todos nosotros. No entiendo por qué una enana va a entrar en nuestro proyecto –respondió la chica corpulenta mientras apuraba un refresco.
- Andrew dijo que era una buena chica –dijo el otro chico moreno, mientras jugaba con una pelota de tenis y se la iba pasando de mano.
- Mirad –dijo Michelle mientras se levantaba–, allí vienen.
Por el final de la calle se veía venir a un chaval rubio vestido de cuero con el cuello alzado y a una pequeña pelirroja que iba a su lado con sus dos coletas y su mochila de clase. Cuando se acercaron, todos se dispusieron a conocer a la sexta integrante de su grupo.
- Habéis tardado un poco, ¿eh, Andrew?
- Lo siento, Hans. El conservatorio es así, a veces sales antes y a veces no –dijo Andrew llevándose una mano a la cabeza y riéndose–. Por cierto, antes de que me olvide; esta, chicos, es Cecilia.
Cuando abrió los ojos supo enseguida qué había pasado: había vuelto a olvidarse de lo primero que le habían dicho. Recordaba perfectamente que le habían dicho, justo en el momento en que Andrew y Michelle entraron en sus cápsulas, que debía desconectar los cascos de seguimiento, para que no cayeran todos dentro sin darse cuenta. Pensó en desactivar el interruptor cuando estuvieran los cuatro dentro, antes haría otra cosa. Pero se había olvidado, como siempre.
Desde el primer día en que la conocieron, no pararon de pensar que era una carga y demasiado cría para participar en aquello; todos menos Hans. Andrew confió en ella al principio, pero se acabó arrepintiendo. Se llevaban bien, pero ella no demostró merecer la confianza que había puesto en ella al presentarle a los demás. Sin embargo, Hans siempre fue estupendo con ella; siempre la sonreía, y no sólo eso, sino que además la animaba y la apoyaba cuando cometía un error y los demás se metían con ella por eso. Hans era distinto a los demás . . . él era especial para ella.
Se levantó en lo alto de una piedra enorme y perfectamente cúbica. Parecía estar hecha de algún tipo de mineral muy especial, se le notaba en el brillo que desprendía. Lástima que fuera Hans el que diseñó todos los objetos y no ella, así podría haber reconocido aquello. Pero ella conocía los planos. En cuanto supiera dónde estaba sabría llegar a cualquier lugar como si fuera cruzar la calle.
Se asomó al borde de la piedra para ver a qué altura se encontraba. Eran unos tres metros, pero las alturas no le daban miedo, así que se sentó en el borde y se dispuso a saltar, cuando alguien le habló.
- Usted, señorita.
- ¿Yo? –dijo la chica pelirroja mirando en todas direcciones. Finalmente, vio a su izquierda, en el suelo, a quien le hablaba: un hombre adulto bastante corpulento vestido con una túnica negra, un sombrero muy grande y una de esas cosas que ella llamaba “cuchillos largos”.
- Sí, usted –dijo el hombre–. ¿Qué cree que está haciendo?
- Yo . . . ¿qué?
Al acercarse más, el hombre pudo verla mejor. Aquella chica era toda una extraña en aquel lugar con sus botas altas de tacón, su ropa oscura y esos extraños, para aquel hombre, adornos metálicos que llevaba en las muñecas y en el cuello. Realmente, su apariencia era extremadamente sospechosa.
- Me veo obligado a pedirle que baje ahora mismo de ahí, señorita –dijo el hombre mientras acercaba la mano a la empuñadura de su florete.
- Ya va, ya va –dijo la chica dándose la vuelta y preparándose para bajar cuando, en el último momento, resbaló y calló de culo sobre el hombre.
Otros dos compañeros suyos que se encontraban cerca, sobresaltados, empezaron a correr hacia ella y a hacer sonar una especie de silbatos que llevaban colgados del cuello, a lo que respondieron otros siete más que fueron hacia donde se encontraban ella, la piedra y el tipo al que acababa de derribar.
En su cabeza comenzaron a cruzarse palabras, estrellándose unas con otras, hasta que finalmente una sobresalió de entre las demás: “Corre”; así que le hizo caso, se levantó a toda prisa y echó a correr como alma que lleva el diablo.
Corrió y corrió por todas las calles de la ciudad mientras los diez hombres de las túnicas la perseguían. Fue esquivando a la gente como buenamente pudo, empujó sin querer a algunas personas, incluyendo a un chaval que debía ser poco mayor que ella y que calló al suelo. En otro tipo de circunstancias habría intentado ayudarle, pero si se paraba no sabía lo que le podría ocurrir, así que siguió hacia delante y entró en una gran plaza, lo que debía ser el centro de aquella ciudad. Mientras seguía corriendo giró un segundo la cabeza para ver a qué distancia quedaban sus perseguidores. En ese instante, notó un fuerte impacto y el suelo dejó de estar a sus pies, que salieron disparados hacia el aire y, por segunda vez en ese día, cayó al suelo de culo. Volvió a mirar al frente para ver la figura de un chico moreno de ojos negros. Al verse, los dos se reconocieron y exclamaron a la vez:
- ¡Tú!
En ese momento, los diez hombres que la perseguían aprovecharon para rodear a los dos jóvenes en el centro de aquella plaza.

2 comentarios:
bienvenido a blogilandia y gracias por linkearme. cuando yo sea capaz de poner links en mi blog te prometo que seras el primero que coloque.
un abrazo
wojoooo por fin se sabe algo mas d esos dos jijijij aa ver si van pa mas....k iba a acer cecilia sino korrer yo ubiera exo lo mismo jejeje la pobre k d veces se kayo jajajaja
Publicar un comentario