2. Caídas y carreras.
El cielo azul era precioso, no cabía ninguna duda, pero . . . No tenía tiempo para aquello. Se había despertado en lo alto de un tejado, a unos diez metros por encima de las calles en las que la gente comenzaba su rutina diaria. Se levantó y se acercó al borde del tejado, buscando una manera de bajar. Al asomarse, sus cabellos rubios y sus dos mechones plateados cayeron sobre sus hombros, casi hasta su cintura. Intentó echárselos hacia atrás, pero casi perdió el equilibrio y cayó de rodillas en el borde, lastimándose un poco y haciéndose una rozadura en las rodillas. En ese momento se lamentó de no usar faldas más largas.
“Casi me caigo –pensó–. Debo tener más cuidado”. En ese momento, el suelo que estaba bajo sus pies, el borde de la cornisa, cedió y se desprendió, haciéndola caer hacia la calle entre un montón de escombros.
- Por favor, esto es lo típico que le pasaría a Cecilia -dijo en voz alta mientras se levantaba y se sacudía el polvo de los escombros.
A su alrededor, todos la miraban con cara extrañada. No se lo podía reprochar, todos llevaban ropas de campesinos con tonos marrones y ella iba con una camiseta de tirantes rosa, una chaqueta vaquera y una minifalda vaquera también. Una chica la ayudó a levantarse y le preguntó si se encontraba bien.
- Sí, gracias. “Qué suerte, al menos son humanos, Andrew es el único que podría hablar otro idioma . . . Andrew . . .” Perdonen –dijo dejando sus pensamientos y hablando a todos los que la miraban-, ¿han visto por casualidad a más gente con ropas extrañas como las mías?
Nadie respondía, parecían estar asustados de ella. Una madre incluso escondía a su hija y se la llevaba de allí. Miró detrás suya, había estado en el tejado de lo que parecía ser una pastelería. Eso le recordaba al día anterior, cuando los seis habían ido a comprar una gran tarta para celebrar que habían completado el experimento. Y luego, aquella noche . . .
“No tengo tiempo que perder, necesito encontrarlos a todos antes de que ocurra algo malo –pensó”.
En ese momento un gran barullo inundó las calles y pudo ver por una esquina cómo una chica pelirroja corría a toda velocidad y cómo varios hombres la perseguían; sólo que estos no parecían aldeanos. Iban con túnicas negras largas, sombreros también negros con gran ala y floretes envainados atados a sus cinturas.
- Es ella . . . –murmuró.
Y comenzó a perseguirla, a varios metros por detrás de aquellos hombres de negro que levantaban todo el polvo de la calle a su carrera. Corrieron a lo largo de varias calles, huyendo aquella chica de sus perseguidores, cuando repentinamente se pararon en seco. La multitud se agolpó y le impidió ver nada, sólo cómo aquellos hombres la rodeaban e iban desenvainando sus floretes. Una vez más, la pelirroja había hecho de las suyas.
El cielo azul era precioso, no cabía ninguna duda, pero . . . No tenía tiempo para aquello. Se había despertado en lo alto de un tejado, a unos diez metros por encima de las calles en las que la gente comenzaba su rutina diaria. Se levantó y se acercó al borde del tejado, buscando una manera de bajar. Al asomarse, sus cabellos rubios y sus dos mechones plateados cayeron sobre sus hombros, casi hasta su cintura. Intentó echárselos hacia atrás, pero casi perdió el equilibrio y cayó de rodillas en el borde, lastimándose un poco y haciéndose una rozadura en las rodillas. En ese momento se lamentó de no usar faldas más largas.
“Casi me caigo –pensó–. Debo tener más cuidado”. En ese momento, el suelo que estaba bajo sus pies, el borde de la cornisa, cedió y se desprendió, haciéndola caer hacia la calle entre un montón de escombros.
- Por favor, esto es lo típico que le pasaría a Cecilia -dijo en voz alta mientras se levantaba y se sacudía el polvo de los escombros.
A su alrededor, todos la miraban con cara extrañada. No se lo podía reprochar, todos llevaban ropas de campesinos con tonos marrones y ella iba con una camiseta de tirantes rosa, una chaqueta vaquera y una minifalda vaquera también. Una chica la ayudó a levantarse y le preguntó si se encontraba bien.
- Sí, gracias. “Qué suerte, al menos son humanos, Andrew es el único que podría hablar otro idioma . . . Andrew . . .” Perdonen –dijo dejando sus pensamientos y hablando a todos los que la miraban-, ¿han visto por casualidad a más gente con ropas extrañas como las mías?
Nadie respondía, parecían estar asustados de ella. Una madre incluso escondía a su hija y se la llevaba de allí. Miró detrás suya, había estado en el tejado de lo que parecía ser una pastelería. Eso le recordaba al día anterior, cuando los seis habían ido a comprar una gran tarta para celebrar que habían completado el experimento. Y luego, aquella noche . . .
“No tengo tiempo que perder, necesito encontrarlos a todos antes de que ocurra algo malo –pensó”.
En ese momento un gran barullo inundó las calles y pudo ver por una esquina cómo una chica pelirroja corría a toda velocidad y cómo varios hombres la perseguían; sólo que estos no parecían aldeanos. Iban con túnicas negras largas, sombreros también negros con gran ala y floretes envainados atados a sus cinturas.
- Es ella . . . –murmuró.
Y comenzó a perseguirla, a varios metros por detrás de aquellos hombres de negro que levantaban todo el polvo de la calle a su carrera. Corrieron a lo largo de varias calles, huyendo aquella chica de sus perseguidores, cuando repentinamente se pararon en seco. La multitud se agolpó y le impidió ver nada, sólo cómo aquellos hombres la rodeaban e iban desenvainando sus floretes. Una vez más, la pelirroja había hecho de las suyas.

2 comentarios:
Espero que sigas escribiéndo!!!^^
Es muy interesánte. besitoos
wooo ke interesanteeee kiero seguir leyendoooooo ><
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